14 de enero de 2026

ARCHIVO CORRUP%TO

<reject> running this file may damage the device3005J.por lo que te decía, que me gusta hacer un poco el pavo durante las campanadas de Nochevieja. nadas de Nochevieja.

Poco antes de que empiecen, todos nos asignamos un número para decir en voz alta cuando suenan.

 “¡UNO!” y nos comemos la primera uva. “¡DOS!”... y así.

Este año, tras el UNO, yo exclamé ¡ACEITUNO!, y ya noté en las caras que se preparaban para alguna de mis PARidas.

—¡DOS!

—¡VAYA POR DIOS! —aquí ya empezó alguna risa.

—¡TRES!

—¿NO HAY ENTREMÉS?

—CUATRO.

—¡MENUDO TEATRO!

Y fue cuando llegamos al “¡NUEVE!” y grité “¡ME SE MUEVE!” que ni yo mismo pude continuar de la risa que nos entró.

Yo no sé si hago bien, por aquello de la suerte de comerse todas las uvas para empezar bien al año, pero empezarlo con risas tampoco está nada mal. <delete>

—¡SEIS!

—¡NO ME MIRÉIS!

C de CEMENTERI DE COTXES. Als afores de la ciutat, ia certa distància, vaig veure un desballestament que m'encaixava perfectament per a la tercera lletra. (vemos)

Este es un AUDIO de HERMANO FRAN:

«Me acaba de decir la mamá: Fran, ¿cómo se llama la actriz que hizo la de VICKY WALKMAN?  Y digo ¿¡Cómo!? Y ella: Sí, esa… VICKY WALKMAN… y yo me he muerto de risa cuando he sabido que quería decir PRETTY WOMAN».

I'm Carrie not-the-kind-of-girl-you'd-marry... That's me

María Sarmiento, la que se fue a ca… Error403

 ¡Ah, os cuento lo del perro!

Mis vecinos del tercero tienen un Rottweiler.  Siempre lo llevan atado y controlándolo porque es muy agresivo

C de CEMITÉRIO DE CARROS. Nos arredores da cidade, e à distância, vi um ferro-velho que se encaixava perfeitamente na terceira letra. 

El otro día bajaba yo en el ascensor con mi gorro de lana y cuando se abrió la puerta estaba la vecina con el perro.

Ella estaba tan tranquila sin imaginar que había alguien dentro del ascensor. El perro al verme, lo noté, se pegó un buen susto, y su reacción inmediata fue echárseme encima.

Me mordió en la muñeca y no se soltaba.

Por suerte llevaba yo un abrigo gordo que amortiguó algo. que amortiguó algo <reject>

Fueron segundos de mucho agobio porque el perro no se soltaba y la dueña se interpuso entre los dos intentando calmarlo.

 Cuando por fin se soltó exclamé ¡¡Joder, qué susto!!

Y me fui a la calle. Del susto no noté nada. Pero al rato empezó a dolerme.

Y cuando miré tenía un punto rojo que sangraba.

Así que fui a Urgencias. gencias. encias. cias.

Me la desinfectaron y pusieron una pomada antibacteriana.

No hizo falta vacuna del tétano porque ya me la pusieron en su día.

No quiero ni imaginar lo que debe ser que te ataque un perro así sin que lo detengan.

¡O que coja a un niño!

Imagino que la vecina se quedaría acojonada por si denuncio.

No lo voy a hacer porque no tengo ganas de malos rollos.

Pero odio a esos perracos locos  y que haya gente a la que le gusta tenerlos.  device3005J

 «No se puede completar la acción porque el archivo está corrupto.» llegó cuando Willem Einthoven, que trabajaba en Leiden (Países Bajos), descubrió el galvanómetro de cuerda, mucho más exacto que el galvanómetro capilar que usaba Waller.[4]​

«El infierno son los otros.» — Jean-Paul Sartre. Abrimos los sábados.

La instalación ha sido bloqueada por motivos de seguridad. dadiruges ed sovitom rop adaeuqolb odis ah nóicalatsni aL

¡ME SE MUEVE!

31 de diciembre de 2025

NOTAS DE UN FINAL Y UN COMIENZO

El salón de juegos del centro de mayores ya no se parece al que fue.

Antes, cada tarde, después de comer, iban llegando los jubilados y se repartían por las mesas en grupos de cuatro o cinco. Me pedían una baraja o una caja de dominó y se acomodaban para pasar la tarde con los compañeros, que en muchos casos eran amigos de toda la vida.

El ambiente olía al café recién sacado de la máquina y se oía el murmullo constante de las voces, el roce de las fichas deslizándose en la mesa y algún que otro exabrupto con mayor o menor malicia.

Algunas tardes el salón se llenaba tanto que los que no cabían en las mesas acercaban otras sillas para observar cómo jugaban los demás.

Pero entonces llegó la pandemia y todo se detuvo de golpe. El centro tuvo que cerrar.

Cuando reabrimos algunos meses después, las cosas eran muy distintas. Las mascarillas, la distancia y las normas estrictas impedían cualquier sensación de cercanía. Tras meses de rutina interrumpida y con muchas ausencias, el salón se quedó casi sin vida.

Poco a poco fue llegando la normalidad, pero no trajo consigo el ambiente de aquellos tiempos. Muchos no regresaron nunca: unos por precaución, otros porque ya no estaban, y los que se animaban a venir se encontraban con un lugar que ya no se parecía al que tanto habían echado de menos.

Durante un tiempo llegaban de forma muy dispersa. A veces entraba uno, se sentaba y aguardaba un buen rato, esperando que apareciera alguien. Al no ver movimiento, acababa marchándose. Unos minutos después llegaba otro y me preguntaba si había pasado alguien por allí.

Entonces le explicaba que sí, que fulano había estado un rato esperando, pero que al ver que no llegaba nadie había decidido irse.

Los animaba a ponerse de acuerdo entre ellos para fijar un día, pero todo quedaba en un “sí, eso haré”, que no parecía llevarse a cabo. Rara vez se juntaba una mesa en la que jugar y la actividad lúdica de las tardes en el CEAM terminó por desaparecer.

Mientras tanto el salón ha seguido utilizándose para otras actividades, como talleres de gimnasia de manos, de equilibrio o de memoria, pero la imagen de los usuarios jugando a las cartas ya pertenece al pasado.

Hoy solo una mesa es ocupada por media docena de mujeres, último reducto de las antiguas bingueras, que pase lo que pase —aunque llueva a mares— no faltan a su partida de bingo inventado, con varias barajas desplegadas sobre la mesa.

Hace un par de días se asomó uno de aquellos habituales de las tardes. Lo recordaba perfectamente porque tenía un problema en la garganta y a pesar de que lo habían operado le costaba mucho emitir sonidos.

Ahora ya no puede hablar en absoluto, así que sale a la calle con un bolígrafo y un fajo de papeles recortados para comunicarse cuando le es preciso.

Hacía mucho que no nos veíamos, así que lo saludé afectuosamente. Se acercó a mi mesa y, en un papel, me escribió con letras grandes:

TODAVÍA TENGO EL CARNÉ, QUÉ PUEDO HACER.

Le dije que podía apuntarse a pintura, o a taichí o a bailes… Él iba negando de forma casi imperceptible con la cabeza. La verdad es que no lo imaginaba en ninguna de esas actividades. Yo sabía perfectamente, porque siempre fue uno de los más habituales a las partidas de cartas, que lo que me estaba preguntando sin palabras era cómo volver a aquellas tardes de hace años.

Le dije que seguíamos guardando las barajas y los dominós y que, si encontraba a gente con la que reunirse, el salón estaba a su disposición.

Se limitó a encogerse de hombros.

ANDO MUY PERDIDO, escribió.

Su mensaje me produjo una mezcla de tristeza e impotencia. Quise responderle algo que le aliviara, pero no supe qué añadir. Vi que se disponía a seguir escribiendo y, como estaba de pie, le acerqué una silla para que se sentara a mi lado, en mi mesa.

TÚ ERES DE VILLENA?, escribió.

—No, de Yecla —le respondí.

En seguida se llevó una mano al pecho y sonrió mientras me miraba. Volvió a coger un papel y escribió:

MI MADRE ERA DE YECLA.

Después contempló el papel con una expresión cargada de nostalgia y lo besó suavemente. Me conmovió su gesto.

Desde las mesas del fondo llegaba el trajín de las mujeres jugando al bingo. Él volvió a escribir:

HAY ALGUNA MUJER VIUDA EN ESE GRUPO?

Me hizo gracia la pregunta.

—Pues sí —respondí bajando un poco la voz—. Creo que todas son viudas.

Me miró con una mezcla de sorpresa y esperanza, pero enseguida volvió a encogerse de hombros. Arrugó el papel anterior y tomó otro del fajo para escribir otro mensaje:

BUSCO UNA MUJER PARA VIVIR EN COMPAÑÍA, PERO… —y de nuevo se señaló la garganta.

Me dolió imaginarme en su lugar: se veía la buena voluntad e imaginé las ganas de rehacer su vida, y al mismo tiempo lo difícil que debía de resultarle cualquier acercamiento.

En un nuevo papel escribió:

ME SIENTO SOLO.

Me volvió a descolocar. Sentí una inmediata necesidad de serle útil de alguna manera, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Se estaba abriendo conmigo y me dio apuro no recordar su nombre.

—¿Cómo te llamabas?

PEDRO, escribió.

—Ah, es verdad —le dije—. Yo Juan.

Asintió varias veces. Él sí recordaba mi nombre.

Le pregunté si seguía teniendo contacto con alguno de los que venían antes a jugar. Me escribió que ahora algunos iban al centro de mayores de la Plaza del Rollo, pero que aquello no le gustaba.

Le expliqué que tengo entendido que algunos creen que aquí ya no se puede jugar, cuando no es cierto; que todo fue consecuencia de la pandemia, pero que la sala sigue abierta, y que, si se cruza con alguien de la zona, les diga que aquí pueden seguir viniendo con normalidad.

También lo animé a apuntarse a los bailes porque así podría conocer a más gente y moverse un poco, que siempre viene bien.

Hubo algún silencio breve. Parecía valorar lo que le decía sin terminar de decidirse. No daba la sensación de estar muy convencido, pero sí de estar escuchando.

Después escribió una nueva nota y me la pasó:

TE IBA A PREGUNTAR TANTAS COSAS QUE NO SÉ. QUE ME ALEGRO DE VERTE. TÚ SIEMPRE ME HAS CAÍDO BIEN.

Sentí un enorme afecto hacia él y se lo hice notar apretándole una mano. Nunca hubiera imaginado que aquel hombre que emitía un saludo ronco al entrar al CEAM se sentaría un día a mi lado y me contaría estas cosas mostrando tanta franqueza.

Antes de despedirnos le di un abrazo y le deseé una buena entrada en el año nuevo.

Cuando se marchó, me quedé mirando la mesa llena de papeles arrugados y me guardé el último que había escrito.

Me pregunto cuántas oportunidades tendrá este hombre de abrirse, de que alguien lo escuche de verdad.

 Al comenzar 2026, expresaré algunos deseos comiendo las uvas: que se cruce en el camino de Pedro alguien que alivie aunque sea un poco su soledad; y que, gradualmente, el CEAM recupere sus tardes: que las mesas vuelvan a llenarse, que se oiga de nuevo el murmullo de voces conocidas, que se retomen las partidas y continúen esas pequeñas rutinas que tanto bien hacen a los mayores.

                              

30 de octubre de 2025

DE VILLENA A YECLA, de la A a la Z (REEDICIÓN CON UN PORQUÉ)

Ya dije por aquí que pertenezco al honroso Club de los Ignorantes del Mundo del Automóvil. Es por esto que respaldo solidariamente a aquellos que, para describir un coche, se basan únicamente en su color.

—Pepito se ha comprado un coche.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Uno rojo.

—¿Pero qué marca?

—Y yo qué sé qué marca, ¡qué más da! ¡Un coche rojo!

¡Dí que sí! Y la cabeza bien alta... (Siempre habrá alguien que me comprenderá).

Tampoco me apasiona conducir. Hacerlo por ciudad en hora punta es desesperante, por lo que suelo ir a pie a todas partes.

Sin embargo, sí me relaja conducir cuando lo hago en solitario por carreteras secundarias poco transitadas y tan conocidas como para poder poner el piloto automático y que el coche me lleve solo (es un decir, ya me entendéis, ¿no?).

Recuerdo el placer que me suponía realizar el trayecto desde mi casa de Petrel hasta la universidad. Estrenaba entonces carnet de conducir y la autovía me infundía aún demasiado respeto, así que opté por ir a la facultad dando un rodeo por una carretera muy tranquila que atravesaba Agost —un pequeño pueblo alfarero de aspecto rojizo— y me llevaba sin pérdida posible hasta San Vicente del Raspeig. En días soleados y con la música puesta, el recorrido se me hacía bastante corto, pero para amenizarlo aún más me gustaba hacer una especie de juego mental que consistía en dividir todo el trayecto en tantas etapas como letras tiene el abecedario. Cada etapa debía tener un elemento que hiciera referencia a la letra en cuestión.

Hace ya tiempo de aquella vida universitaria, por lo que he olvidado los nombres de los tramos, pero todavía recuerdo un par de ellos: la zona en la que un acueducto discurría paralelo a la carretera era el trayecto R, de Romano. Y tras ver una pequeña tienda, totalmente pegada a la carretera, que tenía un cartel que decía «HAY TABACO», aquel ya fue para siempre el trayecto T.

En los miles de kilómetros que llevo hechos de Villena a Yecla —primero como novio de la extranjera y ahora como currante— también puse en su día un nombre a cada tramo, y hoy os los voy a presentar.


A de AVE. Para dejar Villena hay que atravesar la vía del tren. Por aquí aún no pasa el AVE, pero para empezar el abecedario fue la primera palabra que me vino a la cabeza.


B de BOMBILLAS. Esta tienda de lámparas me sirvió para dar nombre a la segunda etapa.

C de CEMENTERIO DE COCHES. En las afueras de la ciudad, y a cierta distancia, vi un desguace que me encajaba perfectamente para la tercera letra.

D de DEPECHE MODE. Junto a la carretera había una casa en ruinas con un cartel anunciando a este grupo. La casa fue demolida hace tiempo, pero el trayecto conserva el nombre en su honor.

E de ESPESURA. (Ver vídeo final).

F de FOLLÓN. Simplemente porque hay un cruce con muchas señales para desviarse a la pedanía de Las Virtudes.

G de GIRO a la izquierda. No se puede ser más explícito. Allí está, para el que quiera ir a comprobarlo.

H de HUELE MAL. Un tramo en el que, por culpa de cierta extensión de agua estancada, flotan unos efluvios a huevo podrido que ofenden gravemente a las narices.

I de IIIIIIIII. Por una curva muy pronunciada a la derecha. Si se toma con velocidad, el mismo coche dice el nombre del tramo. (A ver, los listillos absténganse de llamar a los loqueros: uno se divierte como buenamente puede).


J y K de JUNCOS y KAÑAS. Los hay durante un buen tramo.

L de LUZ entre pinos. (Ver vídeo final).


M de MIEDO. Porque llega un cambio de rasante con curva incluida que siempre me ha dado repelús.


A esta recta casi infinita la tenía que bautizar a la fuerza con la N de NO TE DUERMAS.

(No existe tramo Ñ porque nunca he visto un ñu, ni un ñandú, ni un ñoño que me lo pusieran a huevo).


O de OLIVOS. Árboles cuya diminuta flor deja volar en primavera un jodido polen que se mete en mi coche y también en mis ojos y me los pone como dos cebolletas.


P de PINADA. Uno junto al otro, en fila india. Me gusta esta imagen.


Q de QUÉ COÑO ES ESO? Porque después de kilómetros sin verse ninguna construcción, aparece esta mole a la derecha.


R de REGIÓN A LA VISTA. Es decir, la famosa frontera entre Villena y Yecla, entre Alicante y Murcia, entre España y el extranjero.

S de SUSTO. Pues en este tramo fui testigo de cómo un coche se salía de la calzada y labraba literalmente un bancal. Al ocupante no le ocurrió nada, pero el mal trago no se lo quitó nadie. Y yo me fui con temblor de piernas.

T de TINTO MUEBLES. Eso se podía leer en un cartel publicitario ya próximo al pueblo. Ya no existe el cartel, pero he querido rebautizar el tramo T y no veo nada que me ayude a ello.


U de UMBRÍA. Hay conductores que, en días de verano, paran un rato para refrescarse a la sombra de estos grandes pinos.

V de VUELVO A CASA. Pues Yecla asoma ya en el horizonte.


X de XPOSITORES. Toda la entrada a Yecla está colmada de grandes tiendas y almacenes de muebles con amplios escaparates exponiéndolos.

Y de YECLA. Obviamente.


Z de ZASS, ¡LLEGUÉ!

(Vale, lo admito: no tengo remedio).


ACTUALIZACIÓN:

Escribí esta entrada en enero de 2010. Quiero volver a publicarla por una razón: hace poco me vinieron a la cabeza los tiempos en que puse nombres a los tramos por los que iba pasando para llegar a casa, y sonreí al comprobar que recordaba prácticamente todos. De repente me sobrecogí al darme cuenta de que el tramo de la M, al que puse el nombre de MIEDO, fue precisamente el punto en el que, en febrero de 2023, tuve el accidente de tráfico que me pudo costar la vida.

Quién me iba a decir que aquel miedo era, en cierto modo, una premonición. Trece años después, el destino decidió que en ese mismo punto la palabra cobrara su sentido más literal. Me estremece pensar que, sin saberlo, había señalado el lugar exacto donde mi vida daría un vuelco. Y que tal vez hoy ese tramo podría tener también la M de Milagro.

He sentido la necesidad de revivir la entrada porque me parece algo sorprendente y porque me apetece expresar lo muy feliz que me hace poder seguir viniendo a este blog para compartir mis escritos con todos vosotros, mis queridos amigos. 

23 de septiembre de 2025

EL HOTEL ABANDONADO

 

En el verano de 2020, el aciago año de la pandemia, teníamos previsto un viaje a Londres que estaba reservado y pagado desde febrero. Pero todos sabemos lo que ocurrió: semana tras semana, el maldito Covid fue extendiéndose hasta echar por tierra cualquier plan. Al final, el viaje no pudo realizarse.

Los del hotel londinense se pusieron farrucos y costó horrores recuperar el dinero. Se aferraban al argumento de que viajar a Inglaterra no estaba prohibido, ignorando un “detalle” nada insignificante: la cuarentena obligatoria al llegar. Menos mal que la agencia insistió hasta que, al fin, cedieron.

Parecía que aquel verano sería forzosamente atípico. Nos resignamos a pasar las vacaciones en el campo, con piscina incluida, que tampoco era para quejarse demasiado. ¡Ya quisieran muchos!

Sin embargo, quedaba ese gusanillo de hacer algo distinto.

El estado de alarma terminó en junio y comenzó la llamada “nueva normalidad”. Como Aitana tenía antojo de parque acuático, decidimos pasar una semana en Benicasim, Castellón.

Fue un viaje lleno de buenos momentos, pero hubo una tarde que se nos quedó grabada a fuego. Lo que empezó como una simple curiosidad terminó siendo una experiencia tan inquietante como emocionante.

Cada vez que bajábamos a la playa pasábamos frente a un hotel en el que no se veía actividad alguna. Una de las veces me acerqué a la puerta y vi el cartel: HOTEL CERRADO.

Al principio pensamos que era cosa de la pandemia, pero pronto caímos en la cuenta de que no: el jardín estaba muy descuidado, en algunas zonas la vegetación era casi selvática, por lo que aquello no podía llevar cerrado meses, sino años.

De día, con las barandillas de los balcones brillando al sol, las palmeras recortadas contra el cielo y la vista de flores junto a una piscina cubierta, estaba muy lejos de resultar inquietante. Pero por la noche, sin una sola luz, aquella mole oscura y silenciosa se convertía en algo distinto: un bloque tétrico, sin vida, que invitaba a fantasear:

 —¿Os imagináis que se enciende una luz en una ventana?

—¡Y que cruza una sombra!

—¿Qué os tendrían que dar para pasar una noche ahí dentro, solos?

—Uff, me imagino los pasillos y las puertas como en El resplandor.

Un día, tras una excursión y comida en la playa, lo comentamos con mi hermana y mi sobrina, que habían venido a visitarnos.

—¿¡En serio!? —exclamó Ana, amante de los lugares abandonados y de las pelis de terror tanto como yo— ¡No me puede atraer más! ¡Yo no me voy sin verlo!

Y allá que nos fuimos al caer la tarde: Samuel, Aitana, Ana, Marta y yo. Apamen, pese a lo atrevida que es para tantas cosas, se negó en redondo. Los “castillos del terror” siempre la han espantado.

Dábamos por hecho que sólo lo podríamos recorrer por fuera. El hotel estaría cerrado, y bien cerrado, pero nos movía el afán de aventura.

Al llegar, rodeamos el edificio hasta la parte trasera, la única oculta a la vista desde la calle. Aquello sí parecía una jungla: luz verdosa filtrada por la vegetación caótica, cajas de botellas vacías, tumbonas apiladas y cubiertas de hojas secas, un viejo dispensador de helados arrinconado, sillas plegables de jardín… y nubes de mosquitos en las zonas más sombrías.

Todas las ventanas inferiores tenían rejas, pero una cristalera se deslizó sin resistencia cuando probamos a correrla. No vimos gran cosa a través del resquicio, pero esa simple acción nos disparó la adrenalina.

Cerca había una caseta de calderas adosada al edificio. Samuel quiso trepar al tejado para alcanzar uno de los balcones y comprobar si había alguna ventana abierta. Mientras los demás le ayudaban, yo seguí bordeando el edificio hasta llegar al aparcamiento trasero, lógicamente vacío.

Continué caminando pegado a la pared y… de repente ante mis ojos, la sorpresa: una puerta entornada.

Pensé que simplemente daría acceso a cualquier cuarto de mantenimiento, pero al empujarla me encontré en una cocina en penumbra, con mobiliario metálico cubierto de polvo. Me adentré un poco más y llegué a un pasillo con unas escaleras que descendían a lo que debería ser un sótano. Me quedé unos instantes en completa quietud al observar algo: ¡las luces de esas escaleras estaban encendidas!

El corazón me dio un vuelco. Quise salir corriendo de allí, pero también sentía la necesidad de seguir. En las películas de miedo no exageran tanto: la curiosidad es más fuerte que el miedo.

Seguí en dirección contraria al sótano y… ¡aparecí en el salón principal del hotel! Ahí sí, me di media vuelta y salí disparado.

Samuel seguía encaramado sobre el tejado de la caseta cuando llegué exultante:

—¡Baja de ahí, Samuel!

—¿Qué pasa? ¿Viene alguien? —preguntó Ana.

—¡He encontrado una puerta abierta!

—¿Queeeé? —exclamaron todos.

—¡Se puede entrar! ¡Venid todos!

Me puse en marcha el primero y por detrás los escuchaba murmurar: “No me lo creo” “No está tomando el pelo” “Ya verás…”

Pero en seguida pudieron comprobar que hablaba en serio. Penetramos en silencio, conteniendo las voces que querían gritar de pura emoción.

El acceso al sótano iluminado nos incomodó a todos. Parecía una invitación a descender, pero no nos atrevimos y olvidamos esa luz en cuanto alcanzamos el gran hall de la entrada.

Los muebles, cubiertos con sábanas y telas floreadas, daban al lugar un aire tan elegante como fantasmagórico. La luz de la tarde se filtraba por las cortinas, dorando el polvo en suspensión.

Avanzábamos conteniendo las risas, nerviosos ante el eco de nuestros pasos. Nunca habríamos imaginado que aquel deseo de aventura acabaría cumpliéndose.

—¿Hacia dónde vamos?

—Por aquí hay una puerta.

—A ver si luego no vamos a saber salir...

Yo me desvié hacia una oficina con mesa grande, cuadros y ficheros, quizá el despacho del director. Mientras tanto, mi sobrina pulsó el botón del ascensor, y…  el sonido del aparato descendiendo nos hizo apretarnos como un racimo. 

—¡No me digas que funciona!

El ascensor se detuvo ante nuestros ojos incrédulos. La posibilidad de que al abrirse las puertas apareciera alguien ante nosotros nos tuvo unos instantes con la sangre bajo cero.

Samuel caminaba con un palo de golf que había encontrado, convencido de que serviría como arma si aparecía un zombi.

En un pequeño armario descubrimos decenas de llaves: “Habitaciones”, “Piscina”, “Caja fuerte…”

—¿¡Caja fuerte!? —repetimos todos al unísono, y la risa sonaba nerviosa.

En otro despacho encontramos un montón de archivadores y carpetas en estanterías.

—“CAJA” —comencé a leer en voz alta las etiquetas— “TURNOS”, “MANTENIMIENTO”, “HALLOWEEN”, “PUBLICIDAD”…

—¿Dónde dice Halloween? —preguntó Aitana.

—¡Guau, qué chulo sería investigar todo esto! —decía Ana.

—¿Dónde has leído Halloween? —insistía Aitana.

—Samuel, ¡no me pongas caras raras! —protestaba Marta.

—¡Quiero saber dónde pone “Halloween”! —otra vez mi hija.

Y cuando volví a pasar la vista por los archivadores… la etiqueta de “HALLOWEEN” se había esfumado.

—Pues ya no lo encuentro…

Aquello sirvió de chirigota durante varios días después. Está claro que con la adrenalina alta, mi cerebro debió procesar las letras más rápido de lo habitual y se inventó esa palabra.

Y es que yo estuve “cagao” en todo momento. No podía dejar de pensar que no tenía sentido que hubiera electricidad en un hotel cerrado desde hacía años.  En cualquier momento esperaba escuchar una voz malhumorada: “¿¡QUIÉN ANDA AHÍ!?” Y yo era el mayor allí. Y el más responsable (en teoría).

Lo sensato habría sido marcharnos, pero no: subimos a la primera planta.

Con la linterna del móvil iluminé un pasillo en penumbra. Ni de broma me hubiera atrevido a hacerlo solo. Para nuestra sorpresa, las habitaciones estaban abiertas y perfectamente equipadas: con sus moquetas, sus camas con colcha, cuadros, televisores…

—¡Y están encendidos! —exclamó Samuel.

—¿Cómo que encendidos?

—Sí, mira la luz roja.

Pulsamos un botón, la luz se tornó verde y en la pantalla apareció una telenovela con voces estridentes. Nos quedamos petrificados. ¿Cómo era posible que un hotel cerrado siguiera funcionando como si nada?  ¡Aquello sería el paraíso de los okupas! ¡Si hasta daban ganas de abandonar nuestro hotel y mudarnos allí gratis!

No nos quedamos mucho más. La tensión se volvió insoportable y estábamos convencidos de que debía de haber un vigilante.

—Está a punto de llegar el sheriff de Benicasim —les decía yo— ¡Vamos de cabeza a la cárcel!

Antes de marcharnos aún husmeamos en la cocina, donde encontramos latas industriales de conserva: atún, tomate, verduras… viejas, pero con aspecto de seguir siendo perfectamente comestibles.

Estuvimos días enteros hablando con emoción de lo vivido.

La única explicación lógica era que alguien vigilaba el lugar, aunque no llegamos a cruzarnos con él. Quizá salió un momento, quizá dormía en algún rincón, o simplemente no nos oyó.

Al verano siguiente, mi hermana pasó por la zona y el hotel ya estaba abierto y en pleno funcionamiento.

Hoy pienso que tras aquellas escaleras iluminadas que daban al sótano debía estar trabajando algún técnico que reparaba algo, y al que le habían dejado las llaves para entrar. El hombre no cerró la puerta porque nunca imaginó que se colarían cinco insensatos con ganas de explorar.

El susto que nos podía haber dado él a nosotros (o nosotros a él) hubiera sido de dimensiones astronómicas. Y hoy me río al imaginarlo.

En cualquier caso, aquella aventura clandestina que todavía recordamos con emoción, fue la guinda perfecta para nuestras vacaciones en Benicasim.








31 de julio de 2025

EL MUNDO ARDIENDO Y YO CANTANDO

No sé en qué momento exacto pensé que sería buena idea encender aquel micrófono que compré en un ALE-HOP y cantar I don’t want to set the world on fire.

Pero lo hice.

Y aquí está la prueba.


Hay canciones que, más que cantarlas, se adueñan de ti. Y esta, para mí, es una de ellas.

Tiene ese aire reto, viejuno y gloriosamente polvoriento de los años 40 que tanto me gusta. De hecho, no me extrañaría haber vivido allí en una vida anterior. Me veo como un joven con el pelo brillante y bien peinado, recorriendo calles con nombres de presidentes, buscando discos de vinilo en las tiendas, tarareando canciones sin darme cuenta, convencido de que la música no sólo sirve para acompañar, sino para explicarse uno a sí mismo.

Este tema lo popularizaron The Ink Spots, un grupo fundamental para entender el paso del jazz vocal al rhythm and blues y al soul. Su fórmula era sencilla pero infalible: una guitarra que suena como si hablara, una voz principal que se deshace en ternura, y esa típica parte hablada con voz de locutor enamorado que, por algún motivo, sigue funcionando aunque hayan pasado ochenta años.

I don’t want to set the world on fire se publicó en 1941. Y aunque no fue compuesta por ellos —es obra de Eddie Seiler, Sol Marcus, Bennie Benjamin y Eddie Durham—, los Ink Spots la hicieron suya. Como si la canción hubiera estado esperando precisamente su timbre y su melancolía.

¿Y de qué habla? Pues no de guerras ni de apocalipsis, como sugiere el título. Habla de amor, claro. De alguien que no quiere incendiar el mundo, solo encender una llama en el corazón de otra persona. Porque, al final, lo que importa no es el mundo entero, sino la persona a la que uno quiere.

Así que aquí estoy, en la frontera que limita julio y agosto, decidido a lanzar la bomba incendiaria de mi versión de los Ink Spots y al mismo tiempo un mensaje de amor al mundo.  (Por favor, que conste en acta que si desafino es porque es un micro del ALE-HOP, no de la RCA. Ejem, ejem...)

Si con esto consigo encender aunque sea una sonrisa —o al menos un leve suspiro—, doy el experimento por válido.                                                                                                                 

30 de junio de 2025

PÁRATE A OLER LAS ROSAS, HOMBRE


El otro día redescubrí en YouTube una canción que me encantaba cuando tenía quince años: Stop and take the time to smell the roses, de Ringo Starr.

Es posible que aún la tenga grabada en alguna cinta VHS. Me refiero a aquellas cajas negras prehistóricas, con una pegatina blanca en la que solía escribir con rotulador: «VARIOS. NO BORRAR».

No he vuelto a revisar aquellas cintas, que duermen mudas y polvorientas en algún altillo, pero las repasé tantas veces que, si me concentro, podría enumerar buena parte de lo que en ellas grabé:

Especiales de Martes y 13, gags cómicos de Rosa María Sardà, actuaciones de Mecano, de Ana Belén, de Matia Bazar, de los Bee Gees… Y, por supuesto, todo, todo, todo lo que saliera sobre ABBA.

Recuerdo incluso un documental sobre ratas —bastante desagradable— que desentonaba entre tanta música, pero que nunca quise borrar.

Compruebo hoy que el videoclip de Ringo es de 1981. En la tele convivían entonces La Clave, Mazinger Z, Verano azul, El show de Benny Hill… 

En la radio sonaban Bette Davis eyes, Video killed the radio star, De niña a mujer —que Julio Iglesias dedicó a su hija— o De Do Do Do, De Da Da Da, de The Police, que fue el primer grupo del que me compré un LP. (Madre mía, hoy no me queda más remedio que sonar a viejuno).

Para reproducir todo lo grabado teníamos el legendario Nordmende, que mi padre compró aquel año —o quizá el anterior—. Un armatoste que parecía diseñado por ingenieros soviéticos, con teclas enormes —PLAY, STOP, REW, FF, REC— que había que apretar con decisión, como si fueras a lanzar un misil desde un submarino.

Recuerdo que aquel aparato tardaba unos segundos en empezar a grabar, tras escucharse un par de CLACS mecánicos que venían a decir: «Oye, no me metas prisa, que necesito mi tiempo».

Con la práctica aprendí que, si quería que la canción quedara entera, tenía que pulsar PLAY y REC antes de que empezara a sonar, porque don Nordmende, prisa, lo que se dice prisa, no tenía.

Lo mejor era el mando a distancia… con cable. Sí, cable. Un cordón gris y largo que salía de un lado como el cordón umbilical de un alien. El mando era plateado, con el frontal azul, y tenía un aire espacial, como de un Star Trek de andar por casa. Aquel artefacto te daba libertad… para moverte dos metros, si tenías cuidado de no tropezar.

Tan grande fue la emoción de estrenar aquella maravilla, que el mismo día que la trajeron ya grabamos la película que daban en la tele: La reina virgen.

Creo que la emitieron un sábado por la tarde. Era una película de época protagonizada por Jean Simmons. Al día siguiente volvimos a verla, y ahora estoy seguro de que fue por el puro asombro de haberla capturado. De comprobar que lo que había salido por la tele se podía volver a ver.

Pura magia.

Y hablando de magia… al volver a ver a Ringo, tantas décadas después, ahora en la pantalla plana del ordenador —sin peso, sin botones, sin CLACS—, me asaltaron de golpe todos los recuerdos de aquella época. De los ochenta. De mi yo de quince años. De cuando los videoclips eran hipnóticos, porque la música no solo se escuchaba: también se veía.

Y cuántas veces no vería yo aquel videoclip, que lo recordaba fotograma a fotograma, como si lo hubiera visto ayer mismo.

Ahí estaba de nuevo Ringo Starr, con su esmoquin blanco, chistera y bastón:

—Detente y tómate tu tiempo para oler las rosas.

Y su entonces esposa, Barbara Bach —que estuvo a punto de formar parte de Los ángeles de Charlie, otra serie que me pirraba— le daba un botellazo en la cabeza.

Y al instante, el ex Beatle desfilaba por una autopista, vestido como un agente de tráfico, con un par de rosas al cinto y una banda de música detrás.

Me dije a mí mismo: ¿por qué toda esta prisa, todo este ajetreo? Detente mientras caminas por la vida, y mira las bonitas rosas y párate a olerlas un momento.

Y al final, el muy sinvergüenza también decía que paráramos y nos tomáramos nuestro tiempo para comprar su álbum, (que, todo hay que decirlo, fue un álbum genial) y así él podría plantar rosas y olerlas todo el tiempo. ¡Este Ringo fue siempre un guasón!

Pero creo que su mensaje me llega con claridad muchos años después.

Me ha bastado un viejo videoclip para detenerlo todo: el reloj, el ruido, el mundo… y disfrutar de aquellos recuerdos.

Y en ese viaje temporal, por un instante, he vuelto a oler las rosas de cuando todo era nuevo y se veía por primera vez, de cuando el tiempo no sabía aún correr tan deprisa.

Y he apretado mentalmente el PLAY y el REC para dejarlo grabado para siempre.