10 de noviembre de 2009

LAS BINGUERAS ATACAN DE NUEVO

Diciembre de 1950. Hotel Nacional de La Habana, Cuba.
Los capos mafiosos de Estados Unidos que se ocupaban de los casinos y otros negocios fraudulentos de la isla son detenidos.


Febrero de 1972. Piazza de la Piugarda. Palermo, Sicilia.
Un capo y otros seis mafiosos son asesinados a balazos por los miembros de una familia rival enfrentada por intereses en el control de casinos.

Julio de 1996. Urbanización de lujo en Marbella, Málaga.
La mafia rusa asesina al dueño de varios casinos de la ciudad. Otros empresarios denuncian haber sido extorsionados.

Noviembre de 2009. Bingo del Centro de Mayores de Villena, Alicante.
Ninguna mafia exterior controla el lugar. Las bingueras son su propia mafia y lo controlan todo. La tragedia se masca con dentaduras postizas. Ningún crimen registrado (todavía).
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Desde el primer día en que empecé a trabajar aquí se me aleccionó de cómo debía tratar a las personas mayores del centro.
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Mi cabeza iba tomando nota mental de todos esos consejos que me daban: que debía tratarlos con amabilidad pero siendo recto e insobornable, que no debía permitir que se salieran con la suya ante determinados caprichos por muchas pataletas que tuvieran y, en definitiva, que había de ser atento y servicial pero no esclavizarme.
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Yo escuchaba esos consejos un poco incrédulo ante lo que oía pues parecía más bien que me estuvieran hablando de niños de guardería en vez de adultos hechos y derechos. Con el tiempo he comprobado que, a veces, no hay tanta diferencia entre unos y otros.
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Después de más de dos años trabajando entre ellos no puedo extraer ninguna experiencia negativa, más bien al contrario, pero he de admitir que sigue habiendo una zona que me trae por la calle de la amargura: el bingo.
Los hombres no suelen entrar allí, se quedan en el salón principal conmigo y me piden barajas o dominós para jugar o bien que encienda la tele para seguir alguna retransmisión deportiva o se meten en la biblioteca a leer la prensa. Son gente tranquila que rara vez se altera y que cuando lo hace es por culpa de la eterna rivalidad entre merengues y culés. Pero nunca llega la sangre al río.
Alguno que otro se acerca a mi mesa a contarme alguna historia del pasado mientras se toma el café de la máquina.
En sus saludos y despedidas me dicen Juanillo o Juanico.
Buena gente, si.
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Las mujeres también son agradables, incluso cariñosas en ocasiones. Aquí en Villena es costumbre la expresión “paloma” queriendo decir “cariño” o “cielo”. La primera vez que se la escuché decir a una mujer a su marido me sonó rarísima y me sigue costando mucho acostumbrarme a cosas como:
-Juan, ¿ me dejé ayer el paraguas aquí, paloma?. Ah, ¿si? Gracias, paloma.
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Nada que reprochar a las mujeres con las que diariamente trato. Eso sí, las bingueras son harina de otro costal. Bueno, no es del todo cierta esta afirmación: las mujeres que juegan en el bingo son majísimas hasta el preciso momento en que entran en ese edificio anexo que llamamos La Pajarera. Una vez acceden a ese lugar, ignoro por qué inexplicable motivo, se revisten de un poder y una prepotencia que asusta. Se excitan, se les pone una mirada inquieta y se irritan a la más mínima. Todo lo quieren en su lugar exacto y no permiten que haya nada que interrumpa su ritual. Una vez empieza el bingo todas entran en trance. El sonido de la voz que va cantando los números las transforma en perros hambrientos con un filete de carne ante su hocico. Pobre de ti si entras a decirles que las llaman por teléfono o que se ha desatado un incendio, porque nada, absolutamente nada, es más importante ni más sagrado que esperar a que alguien cante bingo. Podrían morder, podrían matar. ¿Qué si se juegan grandes cantidades de dinero allí? ¡Pero qué va!, si un cartón vale 10 céntimos. Lo máximo que pueden ganar es un par de euros o tres. ¿Cómo? Sí, sí, por un par de euros matan si hace falta.
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Como medida preventiva ante la gripe A, recientemente llegó una circular de la Consellería que prohibía servir jarras con agua y vasos a los usuarios de centros de mayores para evitar contagios. Desde entonces cada cual ha de traer su propio botellín de agua. Bueno, pues algunas bingueras me reprocharon el que ya no entre yo a la pajarera a llevarles agua.
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- Oye, que cada vez trabajas menos, tú…
- Bueno, a mí no me importaba traerles agua, es sólo que ahora ya no se debe.
- Sí, si, mucho cuento…
- No les hagas caso – me dice Josefina – que lo queremos es que te acerques para ver carne joven.
- Ay, sí, ten cuidado, paloma, que aquí tenemos mucha hambre de carne fresca.
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Y todas se rien con ganas.
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Yo salgo de allí con la plena seguridad de que nunca estaré tan cerca de un aquelarre.
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Josefina viene a ser Don Corleone y cuando estamos a solas me pide que me acerque y entonces me dice aquellas cosas que debo hacer para que el resto estén contentas y no me critiquen. Es este un juego en el que me he prestado a entrar, pese a lo mafioso que resulta. Es aquello tan siciliano de “el hombre avisado está medio salvado”, aunque me temo que por muy bien que me porte con ellas siempre estarán hechizadas en este lugar y se alimentarán de esas burlas tenaces y ese escarnio con el que a menudo me obsequian.
Son como vampiros... y yo soy su cuello.
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Nunca entendí el que haya señoras que vienen al bingo a la 1 de la tarde cuando el juego no empieza hasta pasadas las 3. Supongo que lo harán masticando la última cucharada por la calle y con el postre en el bolso. ¡Qué manera de correr! ¿A qué se debería tanta prisa?
Ellas alegaban siempre que lo hacían para coger los mejores sitios, pero esa respuesta me escamaba, pues allí todas tienen ya su silla asignada y nunca se la quitan las unas a las otras; eso sería motivo de disputas y de posibles ajustes de cuentas.
El caso es que hace pocos días se descubrió el pastel y el revuelo que se ha armado ha sacudido los cimientos de La Pajarera. Os aseguro que si las bingueras fueran las gobernantes de España hoy estaríamos aún bajo estado de alarma y excepción y con todo el país paralizado.

Resulta que entre toda la mafia que allí se congrega hay un par de capos que cantaban más bingos de lo habitual y no precisamente por golpes de suerte.
La que antes llega al bingo tiene derecho a elegir cartón en la primera ronda y conservar el mismo en las demás o bien cambiarlo por otro si lo desea. Estas astutas mafiosas elegían sus cartones y ya no los soltaban hasta el final. No sé quién haría las posteriores pesquisas pero alguien descubrió que el bingo electrónico tiene un curioso defecto. Se supone que es una máquina en la que aleatoriamente se van iluminando los números y éstos son los que va cantando la portavoz. Se supone también que esa mezcla de números que muestra la pantalla es cada vez distinta, ¿no? ¡¡Pues no!! Este bingo electrónico suele repetir un par de números cada vez que empieza, otros dos al poco tiempo, otros dos después y siempre hay una serie de números que tardan mucho en aparecer.
Así es que estas damas del juego se percataron de que el 15 y el 90 salían enseguida, que el 24 y el 62 poco después, que el otro y el de más allá surgían pronto y que la espera de tal y tal y tal número se hacía eterna. Bien, sencillo entonces ponerse a buscar entre todos los cartones aquellos que tuvieran la mayor combinación de esos números favorecedores y ninguno de los postergados. Las posibilidades de llenar antes esos cartones y cantar bingo eran mucho más altas.
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Como a uno no le gustan los deportes de riesgo no me acerqué por La Pajarera cuando estalló la bomba pero sí os puedo decir que hubo reunión urgentísima de los mandamases para solventar la situación y se determinó que como el bingo es un juego de azar, los cartones se repartieran sin orden alguno y sin posibilidad de elegir uno en concreto. El que te toque te ha tocao y si te pica te rascas.

Pues bien, con los ánimos aún en ebullición, cada vez que por cualquier cosa entro en el bingo aún hay quien piensa que todo se debe a que yo me he cansado ya de ordenar los cartones como hacía desde que aquí llegué.

- ¿Qué pasa contigo? Ya ni agua, ni los cartones ordenados... ¡Contentas nos tienes!
- Pero si yo no...
- Como no nos cuides bien nos moriremos todas y a ver de qué trabajas tú.
- Y a ver si arreglas esta mesa, que cojea.
- Y pon papel en el aseo grande.
- Y cuando llueve hay una gotera aquí que me cae en la cabeza y me tengo que apartar.
- Y ya va siendo hora de que enciendas la calefacción, que nos estamos helando...
- Y..., y...

Y Josefina me mira y pone esa cara suya que dice "Qué jodidas somos las viejas, ¿eh Juanillo?" y a mí me entran ganas de besar su anillo.

Sobre las 7 de la tarde empiezan a salir de La Pajarera para marcharse a casa, y al hacerlo pierden ese hechizo diabólico y vuelven a ser las mujeres encantadoras de siempre.

- Hasta luego, señoras
- Adiós, rey
- Hasta mañana Juanico
- Adiós, "paloma".

No sé si me acostumbraré a esto algún día.

3 de noviembre de 2009

PRISAS, PUBLICIDAD Y RISAS

Leía el otro día, en la hoja traspapelada de un periódico, las razones que daba un periodista por las que Madrid había perdido la oportunidad de ser sede de las olimpiadas de 2016.
El articulista concluía diciendo que, además de todo lo expuesto, “no causaba buena impresión encontrar una ciudad con obras perennes que no terminan de concluirse nunca, una ciudad que parece sentirse resignada ante esa constante imperfección”.
Y tiene razón; cómo se les ocurre a los responsables tardar tanto en terminar algo o dejar las cosas a medias. Desde luego, qué insensatez.

Cambiando de tema, yo me acabo de acordar que tengo pendiente finiquitar de una vez aquello de los Premios Diablog que hace ya tanto tiempo ideé y que aún no he concluido.
Por suerte estamos ya en el mes de noviembre, último mes de plazo que puse antes de que la cosa caduque y empiece a oler mal.
Seguimos en obras y para ello necesito la colaboración de todos vosotros, oh, lectores amigos, para rematar esto de una vez, pues, a pesar del mucho tiempo de reflexión que dejé, no han llegado todos los votos que yo esperaba.
La cosa es tan sencilla como acceder a esta entrada, o bien pinchar la imagen de la barra lateral (a la derecha) donde dice PREMIOS DIABLOG y dejar constancia a modo de comentario de los cinco blogs que preferís de entre los doce candidatos al premio.

Lo ideal sería que, puesto que aún quedan más de 20 días para el esperado Día D, entrarais en esos blogs y leyerais algún que otro post al azar y así os haríais una idea aproximada del alma de cada cual (esto ha sonado muy metafísico pero yo, como diablo, os aseguro que tras muchos meses de fiel seguimiento de estas excelentes bitácoras, ya conozco las almas de sus creadores y a punto estoy de corromperlas, digo venerarlas para siempre)
Pero, ojo, el tiempo no deja de caminar y si os descuidáis se os pasará el plazo.
Cuantos más votos se reciban mucho más disfrutaré yo, camuflado en la sombra de mis calderas, viendo a los doce candidatos subir y bajar en el gráfico.
Aquí queda dicho. Muchas gracias a todos de antemano.
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Demos paso ahora a unos segundos de PUBLICIDAD.




Y concluyo por hoy con el relato de unos momentos que me resultaron muy divertidos y quiero compartirlos con vosotros. Y es que en este fin de semana han ocurrido dos anécdotas memorables.

Mi madre se ha hecho siempre un cacao maravillao para esto de los nombres. Desde siempre se ha confundido muchas veces a la hora de llamarnos:
- Fran, digooo Juan, ¡Tomás quiero decir!
El colmo se daba cuando entre nuestros nombres llegaba a incluir al de nuestro perro!!
- Tomm... Fraa…Tranquilo.. - y tras unos segundos de concentración, acertaba- ¡Juaaan!
Menos mal que no llegamos a ser más hermanos o más perros: ¡se hubiera vuelto loca!
Pero este fin de semana tuvo una confusión de antología.
Estábamos hablando de las excentricidades que tienen algunos famosos cuando de repente exclamó:
- Pues anda que Mercadona, digoo Maradona ...
Sólo esa sencilla confusión ya tenía su gracia, pero nos quedamos mirándola esperando a que nos contara qué excentricidad sabía sobre Maradona y vimos su semblante pensativo, buscando en su mente esa luz que no se le encendía, cuando súbitamente la oímos exclamar:
- ¡¡Madonna, quería decir!!
Os podéis imaginar el ataque de risa que nos dio a todos. No era Mercadona ni Maradona, ¡era Madonna!
Toda la tarde hubo pitorreo a su costa.
- ¿Dónde hacen la compra Madonna y Maradona? ¡En Mercadona, por supuesto!
- Qué bien canta Maradona, ¿eh?
- Pues anda que cómo toca bola la Madonna
- Para excentricidades las de Mercadona, ¿habéis visto a cuánto tienen la lata de espárragos?
Bueno, que conste que ella también se reía, ¿eh?

Otro momento para enmarcar es el que protagonizó un niño que a veces viene a casa porque su abuela es muy amiga de nuestra madre. El chavalín tiene unos 5 años y estaba en el salón con la tele encendida.
Al parecer un cocinero mostraba a través de la pantalla la forma de hacer una rica ensalada en la que se utilizaban capullos de una flor en concreto. El niño oyó la palabra y fue corriendo a comentarlo con su abuela.
- ¡¡En la tele han dicho una palabrota!!
- ¿Una palabrota? ¿Qué han dicho?
- Han dicho "capullo"
- Bueno, hijo, es que "capullo" no es siempre una palabrota . Las flores, antes de abrirse se llaman capullos y eso no es una palabrota.
- ¿Capullo no es una palabrota?
- No, cariño, si es capullo de flor, no.
Y tras unos segundos pensativo, exclamó:
- ¿Y puta de flor? ¿Es una palabrota?

No hay palabras. Casi me parto.

30 de octubre de 2009

MUERTO !

HALLOWEEN DE MIS HORRORES

Proliferan cierto día
por la calle los disfraces,
los colmillos y sangrías
en pringosos maquillajes.

Aquel parece un vampiro,
el otro una calavera;
el agujero de un tiro
va luciendo en la sesera.

Tan oscuros van los Adams
que no ven ni donde pisan
y resbalan en potadas
de niñas de El exorcista.

Un hombre lobo se esfuerza
en atrapar a una loca
con su camisa de fuerza
y espumarajo en la boca.

Nosferatu a Quasimodo
sus desventuras relata;
el segundo busca el modo
de no volcarse el cubata.

Hechiceras con verrugas,
monstruitos con tornillos,
una oreja con oruga,
una espalda con cuchillo.

Yo, qué quieren que les diga
de este delirio sin fin:
que esta moda se prodiga
y no entiendo el Halloween.

No hay más brujas que en los cuentos,
para sustos los de Hacienda,
que no dan miedo los muertos,
¡a mi me asusta mi suegra!

Las calabazas: al horno,
y las momias en Egipto,
yo los zombis ni de adorno,
para diablos... ¿no me han visto?

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Contagiado un poco por el ambiente, hoy me tiro por lo macabro.
Os presento un video ideado y dirigido por mi cuñado Iván, pequeño gran genio de la creación audiovisual de quien intento aprender constantemente.
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TÍTULO: MUERTO !
AÑO: 2001
DIRIGIDO POR: Iván Arribas
SINOPSIS: Bueno, es tan corto que mejor lo veis y ya está.
INTÉRPRETES: Mi hermano Fran (Médico forense), mi hermana Ana (Doctora ayudante), nuestro amigo Francis "Correca", (Doctor ayudante) y mi hermano Tomás (el fiambre)
Yo no tuve vela en este entierro. Bueno, ahora que lo pienso, sí, y no es moco de pavo:
DISTRIBUCIÓN MUNDIAL: JuanRa Diablo.




25 de octubre de 2009

ADIÓS A UNA ÉPOCA

Esta es la tercera entrada consecutiva que dedico al Colegio Lloret. También la última.

Tenía muy claro, cuando me senté a escribir sobre aquella época de estudiante de primaria, que dejaría constancia de cómo era aquel edificio que nos albergaba, que recordaría a los profesores y que me dejaría llevar por el torrente de recuerdos de aquella etapa escolar.
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Para documentar la entrada busqué información en internet, pero no encontré datos ni foto alguna, por lo que me complace comprobar que ahora sí aparece lo que he escrito. De esta manera queda plasmada una muestra de pequeños fragmentos de la historia de un colegio, de mi colegio. Quizás esto permita que pueden llegar hasta mí antiguos alumnos del mismo.
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Con mi amigo Juan Luis, compañero y amigo desde aquella etapa de mi vida, suelo bromear acerca de la necesidad de volver a recuperar cosas de nuestra infancia que han desaparecido y que el peso de la nostalgia nos las hacen más atractivas que las actuales.
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- Definitívamente tenemos que ponernos manos a la obra - empieza él - Lo primero que hay que hacer es tirar todos los móviles a la basura.
- ¿A la basura? Al retrete mejor - le secundo yo.
- Y quemar todas las Play Station del mundo, y las Wii y los MP3 y todas esas monsergas
- Eso, eso, los niños a jugar a la calle con las canicas y las chapas.
- Y destruir todos los canales de televisión. Sólo dejar la Primera y la Segunda cadena.
- Y que vuelva a llamarse UHF.
- Por supuesto, y que acabe pronto y a la cama, nada de programas de teletienda de madrugada. Que vuelva La Clave, y El hombre y la tierra y el Un, dos, tres en blanco y negro.
- ¿En blanco y negro? ¿Es necesario que sea en blanco y negro?
- Sí, mira, yo sé que habrá dolor, mucho dolor, pero es necesario.
- Entonces, internet... ¿desaparecerá también?
- Cómo ¡y tanto!
- Joder, sí que va a ser duro.
- Y nada de Carrefures, ni Mercadonas: los ultramarinos de barrio de toda la vida y la tienda de Rosarito.
- ¡Pero Rosarito murió!
- Pues se la resucita. En todo caso hay que volver a construir Galerias Preciados, que sí es de la época. Y volver a levantar piedra sobre piedra todos los cines en la ciudad y demoler las salas multicines de las afueras. Y que se vuelva a estrenar Tiburón.
- Tremendo, tío, tenemos muchísimo trabajo por delante, ¿eh?
- Mucho, mucho, pero necesario.
- Oye, ¿cuándo empezamos? ¿Tiramos ya los móviles al retrete?
- Estoo..., no, si eso ya empezamos mañana.
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Estas conversaciones son habituales entre nosotros.
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Hace unos años (tres o cuatro diría yo, pero no me atrevo a asegurarlo porque parece que al tiempo le guste jugar al despiste conmigo) Juan Luis me llamó por teléfono:
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- Oye, el trabajo de recuperar nuestra España sigue en aumento.
- ¿Y eso?
- También tendremos que volver a construir el Lloret, porque lo van a derribar para hacer un edificio de viviendas.
- ¡¡Qué me dices!!
- Lo que oyes. Adiós al último reducto de nuestra niñez.
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A ambos nos dio mucha pena que nuestro colegio fuera a ser demolido, por eso me pareció una excelente idea la que tuvo de pedir permiso al constructor para poder visitarlo por última vez.
El constructor resultó ser un tipo muy cordial que enseguida entendió nuestro sentimental motivo de querer acceder al edificio y se ofreció gustoso a abrirnos la puerta. Así que quedamos una mañana delante del colegio y yo me presenté con mi cámara de video.
Costó mucho abrir la puerta principal; la humedad la había atascado. Fueron momentos de mucha emoción porque ninguno de los dos habíamos vuelto a entrar en más de 20 años!!
Y os puedo asegurar que nada más abrir la puerta y acceder vivimos un auténtico viaje en el tiempo.
Todo estaba exáctamente igual a como lo recordábamos, si bien parecía más pequeño y, lógicamente, en peor estado.
El Colegio Lloret; el edificio gris del centro de la foto.
Los aseos del patio. Izquierda niñas, derecha niños.
Me gustaban mucho los días de lluvia en los que el suelo del patio se tornaba de un rojo vivo.
El cielo se encapotaba y había que encender las luces, lo que creaba una atmósfera de mayor recogimiento. Aquel sonido de las gotas contra las ventanas y el agua cayendo por los canales mientras en el calor de la clase el aroma de los lápices y las gomas de borrar se hacía más intenso. Inolvidable.
"Caaam-pooo, caaam-pooo" - cantábamos todos en el patio con las miradas puestas en este hueco por el que debía asomar Don Miguel para hacernos callar o para darnos el consentimiento de un día al aire libre.
"A ver, Cabrera: Baleares"
Yo me ponía en pie y empezaba a recitar.
Los ojos de los compañeros puestos en mí, esperando el momento divertido.
"Mallorca, Menorca, Ibiza, Formentera... y Cabrera"
"¿Es tuya la isla? " "Por supuesto que sí"- decía yo.
"Los niños de 5º se despiden" quedó escrito en esta pizarra. Y una fecha: 22 de junio de 1992.
El colegio no cumplía los requisitos de las nuevas leyes de educación y tuvo que ser cerrado.

Loli Bellot reía de una forma tan contagiosa que toda la clase terminaba a carcajadas.
Cuando por fin se le pasaba ese ataque de hilaridad
y volvía el silencio,
Don Antonio decía: "¿Se ha callado la gallina?"
Y, hala, vuelta a empezar. (Para que luego dijeran que era el profesor más serio)

Javi y Pablo eran mellizos pero no se parecían en nada. Formaban parte del grupo de "gamberros". Aunque Javi se llevaba bien conmigo, todo lo contrario que su hermano que fumaba a escondidas y yo, por ese motivo, le miraba con reproche.
Los alumnos que llevábamos los estudios algo flojos teníamos la opción de asistir a
las "clases nocturnas" que impartían los mismos profesores
de 6 a 8 de la tarde por 1000 Ptas al mes.
Antes de entrar, mi madre se acercaba con su coche y mi hermano y yo merendábamos con ella en el interior del vehículo. En las frías tardes de invierno traía a veces boniatos recién sacados del horno. Aquellos momentos se han convertido en felices e imborrables episodios de mi vida.

Orlas y diplomas que encontramos en el despacho de Don Miguel, aquel lugar en el que se aprendía a sumar "bajo presión" y que nos pareció diminuto al volverlo a ver.


Pocas semanas después de aquella última visita, el Colegio Lloret pasaba a formar parte del recuerdo. En su lugar hay hoy un edificio que, al menos, le brinda un homenaje.
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¿No es triste que desaparezca un colegio?
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Han pasado muchos años pero, cuando quiero, cierro los ojos y puedo burlar el inexorable paso del tiempo para volver a estar allí y sentirlo todo al alcance de mis dedos.

20 de octubre de 2009

EL AÑO EN QUE MURIÓ LENNON



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Nani era la chica más guapa de la clase. Al menos eso veían mis ojos al mirarla.

Pulcra en el vestir, siempre bien peinada, unas veces con trenzas , con el oscuro cabello recogido otras, muy femenina en todos los movimientos que acompañaban a aquella tímida mirada. Porque Nani era tímida, sí, pero había alguien aún más tímido que ella: yo.

En aquellos años en los que fuimos creciendo y asistiendo al colegio juntos, Nani fue como una diosa inalcanzable a la que no me hubiera atrevido jamás a decirle cuánto me gustaba.
Brillante en sus estudios, no bajaba nunca de los sobresalientes, lo que la convertía en la mimada de todos los profesores. Pero lo que para algunos compañeros era razón para tacharla de empollona, para mí era una muestra más de su perfección y de lo inaccesible que a la fuerza resultaba para alguien como yo, que tenía el boletín plagado de notas bajas.

Nunca se sentó cerca de mí, por lo que en los diferentes cursos por los que fuimos pasando me conformaba con mirar su nuca o su perfil sin que se percatara jamás de cuántas veces se posaron mis ojos en ella.

Nani tenía una hermana, Yolanda, dos años menor, que coincidía con mi hermano Tomás en otro curso. Para completar este cuadro de relaciones hermanos-hermanas, a Tomás le gustaba Yoli, y ambos hablábamos constantemente de ellas. En casa nos inventábamos historias en las que éramos héroes absolutos en gestas en las que, cómo no, Nani y Yoli siempre destacaban a nuestro lado. Llegamos incluso a inventarnos una tonta canción en la que aparecían sus nombres y el de nuestro perro Velocín y que aún somos capaces de recordar.

Un día nuestra madre, que por supuesto debió escuchar en más de una ocasión aquellas conversaciones nuestras, nos dijo:

- ¿Queréis hacer un regalo a Nani y a Yoli?
Y ante la muda respuesta que debió encontrar en nuestros sorprendidos gestos, nos invitó a que la acompañáramos al jardín de casa. Era primavera y había un manto de diminutas flores por varios lugares. Se afanó en coger algunas de esas florecillas alternando los colores y dejando algunas hojas verdes en su base. Después envolvió todos los tallos en papel de estaño, quedando como resultado un par de coloridos y muy atractivos ramilletes en miniatura, del tamaño de una goma de borrar.

- Regaladles esto y veréis lo mucho que les gusta - nos dijo mientras nos entregaba uno a cada uno.
- No, yo no le voy a dar eso - dijo Tomás
- ¿Por qué no?
- Porque me da corte - contestó
Él dijo de viva voz lo que yo hacía rato que pensaba. A mí me daba una vergüenza horrorosa hacer algo así y tenía claro que no sería capaz, pero aún estaba asombrado de la rapidez con que mi madre nos había preparado algo tan bonito y me negaba a aceptar que lo hubiera hecho en balde.
- No seáis tontos - nos alentaba - hacedme caso y regaládselos. Se van a sentir muy halagadas y es un detalle que les va a gustar mucho. No tenéis más que decirles, "Toma, esto es para tí, te lo regalo" y ya está.
Nos quedamos mirando las flores y en nuestra imaginación cada cual representó la hipotética escena del obsequio.
- Vale - exclamó mi hermano - yo se lo doy.
Y estimulado por sus nuevos ánimos pensé que debíamos hacerlo, que por mucha vergüenza que sintiera, era algo realmente bonito que sabrían agradecer.

Esa misma tarde volvíamos al colegio con nuestros ramilletes en el interior de las carteras, colocados de forma que no se estropearan por el peso de los libros. A mí me latía el corazón con fuerza por el entusiasmo que me acompañaba, pero nada más entrar a clase y ver a Nani quedé paralizado en mi asiento, con la plena seguridad de que no lo iba a hacer. Tan asustado estaba que tuve que convencerme a mí mismo de que nadie me estaba obligando a hacer nada y que no lo haría y punto. Y así, cuando lograba tranquilizarme, de nuevo comenzaba a rebrotar poco a poco el coraje perdido y una voz interna parecía decirme : "Hazlo, no seas tonto, hazlo".
Me asomaba de vez en cuando al interior de mi cartera para mirar esas flores que parecían estar esperando a ser llevadas a las manos para las que habían sido reunidas. A pesar del tiempo transcurrido seguían frescas en ese envoltorio de plata.

La clase estaba en silencio, probablemente memorizando alguna lección. En un momento dado, Nani se levantó y se dirigió a la papelera para sacar punta a un lapicero. Era mi oportunidad. Estaba sola y yo lo iba a hacer. Saqué con cuidado el diminuto ramo, lo sujeté con el pulgar y lo oculté con los dedos en la palma de la mano . Me acerqué a ella. Iba decidido, concienciado en que tenía que hacerlo. Nani me miró un segundo y empezó a caminar en dirección a su pupitre. Fui a decirle que esperara pero me quedé allí en la papelera simulando que tiraba algo en ella.
Volví a mi asiento con el corazón desbocado, solté las flores dentro de la cartera y no lo intenté más.
Esa noche las tiré al cubo de la basura. Ya estaban marchitas, como mis ánimos.

Los dos hermanos comentamos después nuestros intentos fallidos. Bueno, Tomás ni siquiera lo intentó pero no sintió el fracaso como yo lo sentía. Al fin y al cabo sólo tenía 11 años y para él había sido como un juego.

Pero en aquel curso de 1980-81, el último año de colegio, Nani se sentó por primera vez más atrás que yo, por lo que no tenía más remedio que volverme si quería mirarla. En algunas ocasiones me giraba con disimulo y la encontraba concentrada en alguna lectura o haciendo un ejercicio, otras veces se percataba de mi movimiento y nuestras miradas se cruzaban por un instante en el que yo le sonreía y ella, tras devolverme la sonrisa, seguía con sus quehaceres. Mi compañero, José Ramón, que ya sabía de ese amor platónico que yo sentía por Nani, me hacía comentarios de pitorreo en voz baja.
- Cabrera, ¿a quién miras?

Un día, gracias al ambiente especial ante la inminete llegada de las navidades, se decidió hacer una jornada de actividades lúdicas en la que se preparó un concurso imitando al Un, dos, tres con el que jugar al día siguiente.
Se escribieron preguntas, se eligió a un presentador y una azafata que hiciera las multiplicaciones de rigor y se sortearon tres parejas para concursar.
De una bolsa con el nombre de los chicos se extrajo uno al azar.
- ¡Juan ! - dijo el profesor - Y con Juan estará... - y sacó otro papel de la otra bolsa - ¡ Nani !
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Cuando escuché su nombre el corazón me dió un vuelco en el pecho (desde entonces creo que lo tengo al revés)
¡Me había tocado con Nani! Llegué a mi casa con las orejas ardiendo y un nerviosismo latente: ¡ al día siguiente me sentaría a su lado y seríamos el centro de atención de toda la clase! Por una parte estaba muy ilusionado pero por otra estaba cagadito de miedo.

Esa mañana asistí al colegio con mi mejor jersey y camisa, bien perfumado y peinado. Había que estar a la altura...
Al sentarse Nani a mi lado, noté que el jersey me abrigaba en exceso pues me comenzaron a sudar hasta los pelos de la cabeza por lo que opté por quitármelo. Al poco tenía frío; eso sí, otra vez las orejas parecían dos intermitentes al rojo vivo.

- Primera pregunta: aparatos eléctricos que se pueden encontrar en una cocina.
Lo primero que me salió fue "Friegaplatos" y escuché algunas risas que no entendí. Luego me explicaron que se decía "Lavavajillas", pero es que estaba tan asustado...
No obstante y pese a todo, resultamos la pareja vencedora y recibimos un aplauso general. Nani también me felicitó, de igual forma yo a ella. Recuerdo que le dije algo así como que los géminis éramos los mejores (porque ambos cumplíamos años el mismo mes y casi el mismo día) y ella asintió con una sonrisa.

Después, en casa, echado en la cama y mirando al techo, rememoraba yo cada escena vivida en ese día especial en el que por primera vez - y única en mi vida - fui pareja de Nani.

En la radio no dejaban de escucharse canciones de John Lennon. Un loco le había disparado a la puerta de su apartamento en el hotel donde vivía.
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A pesar de la tragedia, yo sonreía pensando en otras cosas.