En tan solo 15 días he ido a tropezar con varios "tesoros" que han llegado de forma fortuita e inesperada a mis manos, y tan continuos como si estuviera planeado que desfilaran ante mí en una maratón de sorpresas.No puedo decir que no los he disfrutado, -por supuesto que sí- pero diría que el sabor de esos viajes al pasado, a mi pasado, me ha ralentizado un poco por dentro y me está costando volver del todo al presente.
Los efectos secundarios de la nostalgia son así.
PRIMER VIAJE
La primera sorpresa me llegó hace dos semanas, estando en el campo de mi madre, (el mundialmente conocido como Hotel Cabrerator)
Mi hijo me preguntó si habría alguna canasta de baloncesto, porque le apetecía jugar a encestar su balón.
Pensé que debía haber alguna por el trastero y allá que nos fuimos los dos a rebuscar.
Una vez habituados a la oscuridad del lugar (allí no hay luz eléctrica, y para abrir la única ventana es necesario el título de malabarista) hicimos un recorrido visual por toda la estancia.
Mientras buscábamos, le recordé que allí dentro vivieron los dos caballos que tuvimos sus tíos y yo hace tantos años, y que, aún antes de eso, yo había visto resucitar a una salamanquesa que guardaba en mi escondite secreto.
Entre la multitud de muebles viejos y objetos cubiertos de polvo, encontré un cubo metálico que recuerdo se utilizó para sacar agua del pozo. Observé que dentro había una bolsa de plástico con el aspecto de haber sido anudada durante la guerra de Cuba. Podría haber tenido yo ese día un bajo nivel de curiosidad e ignorarla, pero no fue así, y me puse a desatar los nudos inmediatamente.
Entre la multitud de muebles viejos y objetos cubiertos de polvo, encontré un cubo metálico que recuerdo se utilizó para sacar agua del pozo. Observé que dentro había una bolsa de plástico con el aspecto de haber sido anudada durante la guerra de Cuba. Podría haber tenido yo ese día un bajo nivel de curiosidad e ignorarla, pero no fue así, y me puse a desatar los nudos inmediatamente.
- Pero qué haces, papá, - protestó Samuel - ahí no puede haber una canasta.
- Ya, ya... sólo quiero ver qué hay.
Y descubrí un montón de libretas de mis tiempos de colegial. Extraje una al azar y al abrirla miré la fecha: 1975. Y en cada hoja esa esmerada caligrafía que entonces yo tenía.
- ¡La madre del cordero! ¿Sabes que esto lo escribí yo cuando tenía... ¡cuando tenía tu edad!
- ¿Sí? ¿¿Esa letra tenías??
Pero no eran solo libretas del cole lo que allí había. En ese mazo prensado encontré cuadernos de dibujo de mi hermano, aquellos indios y vaqueros que dibujaba y coloreaba de pequeño; descubrí una colección de cajas de cerillas que él y yo hacíamos, recortándolas y pegándolas en una libreta; había también algunos cromos de aquellos tiempos, boletines de notas, dibujos sueltos... Y conforme obsevaba todo aquello, se deshacía la nebulosa que el tiempo acumula sobre la memoria y lo recordaba con nitidez, como si lo hubiera visto ayer mismo. Cada imagen me parecía un reciente despertar.
Todo se encontraba en bastante buen estado, pero con las telarañas y el polvo de mil años, por lo que estoy inmerso en labores de restauración y limpieza con esmero. Ni siquiera lo ha visto aún mi hermano (¡prepárate Tomás para un viaje alucinante a nuestra niñez! :))
Ah, finalmente un aro de plástico sirvió de canasta para Samuel.
SEGUNDO VIAJE
Hace unos tres meses supe que la revista Vivir en Elda estaba dedicando un reportaje mensual a los colegios de la ciudad en la que nací, y que estaba previsto que en abril publicaran el del colegio Lloret, del que tanto he hablado en el blog. Lo curioso es que lo supe gracias a un paisano lector anónimo que me dejó el comentario.
Ocho días atrás quedé con unos amigos, y uno de ellos, Francis, dos años más joven, y "lloretino" como yo, me dio la sorpresa.
- ¿Viste el reportaje del Lloret?
- ¡Anda, no! ¿salió ya? ¿lo tienes?
- Claro, lo tengo. Y sales tú.
Lo primero que pensé es que estaba de coña. En casi 40 años de la historia de un colegio, -cuyas últimas fotos antes de ser derribado las saqué yo, por cierto- era demasiada casualidad que publicaran una foto mía, así que no me lo creí.
- ¡Te digo que sales tú en una foto en blanco y negro, con toda tu clase!
- ¿Pero qué dices? ¡Cómo voy a salir yo... con la de gente que pasó por allí!
- Pues no te miento. Una foto con Don Miguel y la señorita Lola en la Plaza Castelar.
- ¡Increíble! ¡¡Yo quiero ver eso!!
Ya he podido leer todo ese reportaje, y efectivamente, ahí estaba la foto. Colegio Lloret, año 1976. A mis diez años.
Contemplé minuciosamente el tiempo detenido en aquel instante, cada cara trayéndome a la cabeza el nombre y apellidos de todos aquellos niños, mis compañeros, tan lejanos en el tiempo, tan cercanos en ese momento. Recordé incluso a aquellos que no siguieron hasta el final y a los que no he vuelto a ver más.
Contemplé minuciosamente el tiempo detenido en aquel instante, cada cara trayéndome a la cabeza el nombre y apellidos de todos aquellos niños, mis compañeros, tan lejanos en el tiempo, tan cercanos en ese momento. Recordé incluso a aquellos que no siguieron hasta el final y a los que no he vuelto a ver más.
En mi misma clase estaba Juan Luis, el único de aquel grupo del que me enorgullece conservar hoy su amistad. (Bueno, de Txema también, pero éste fue un traidor que se cambió de colegio incluso antes de hacernos aquella foto) La de veces que hablamos los tres de nuestros tiempos del cole… Todavía.
TERCER VIAJE
Desde que murió mi abuela, su casa ha estado alquilada a otras personas. He tenido muy pocas ocasiones de volver a entrar allí, pero las veces que lo he hecho me retrotraigo al pasado con suma facilidad. De aquella casa surgen recuerdos por todas partes.
Mi abuelo en su sillón, escuchando tranquilamente la radio; mi abuela guardando los rollos de anís en el armario del pasillo, o el "cuarto de los leones", que nos daba miedo porque siempre había un cirio encendido que proyectaba sombras en la pared...
Mi abuelo en su sillón, escuchando tranquilamente la radio; mi abuela guardando los rollos de anís en el armario del pasillo, o el "cuarto de los leones", que nos daba miedo porque siempre había un cirio encendido que proyectaba sombras en la pared...
Hace unos días se marcharon los inquilinos y mi madre estuvo limpiando por allí.
En el pasillo hay un altillo con llave donde ella guardaba algunas cosas y aprovechó para revisarlas. La última vez que fui a visitarla me regaló algo muy especial.
- Toma, lo he guardado para ti, porque sé que te va gustar.
- Cartas.
Cartas fechadas en 1968. Eran los tiempos en que pasaban por dificultades económicas y mi padre se marchó a trabajar a Madrid, dejando en Petrel a su mujer y a su hijo de dos años. Eran las cartas que se fueron enviando y en las que, lógicamente, hablaban de mi.
El pasado domingo me llevé a mis hijos al parque, y mientras jugaban por allí con la bicicleta y la pelota, me senté en un banco, ordené esas cartas por fechas y las leí.
Se descubre tan pronto, en multitud de detalles, que eran otros tiempos... Y los de hoy se detuvieron unos instantes para hacer marcha atrás en busca de aquellos.
Y ahí estaba yo también, en boca de mis padres, un niño que hacía mucha compañía a su madre en los meses previos a tener otro hijo; yo era aquel pequeño que, leí, jugaba a sacar del bolsillo un paquete de cigarrillos imaginario y "fumar" echando el humo como un adulto, un niño que a veces lloraba porque quería ver a su papá y que cuando veía su imagen en un portafotos le daba un beso.
"Le dije,¡mira, una mosca! - escribía mi madre- y el nene la espantaba, y cuando le pregunté a dónde se había ido me dijo "A Madí, con el papá"
Me resultó muy emotivo leer cosas de mí y de mis padres de aquel entonces, y fue tan tremendamente curioso ser consciente del salto temporal y rocambolesco que había permitido que ese niño estuviera hoy, como adulto, reviviendo cosas de sí mismo tantos años después, y alzar la cabeza y ver a sus propios hijos jugar, ajenos por completo al extraordinario viaje en el tiempo que estaba realizando su padre en esos momentos…
Y a mí, que con los años me cuesta cada vez más sacudir la nostalgia que se acumula por los bolsillos de la memoria, estos tres viajes me han causado a la vuelta un jet lag emocional que no termina de desaparecer.
Siento que han reverdecido un poco por dentro algunas raíces que el polvo del tiempo había oscurecido, y me he detenido a buscar por esos recovecos internos a aquel pequeño Juan de los diez años, y al de los ocho, e incluso al pequeñísimo de los dos.
He tratado que no se pierdan para siempre, intentando que asomaran un poco sus ojos al día de hoy, y sonrío emocionado cuando termino por escucharles decirme que sí, que aunque me cueste creerlo, siguen ahí.












